Mensaje de su Serenísima Santidad Wagneriana El Barón de Torlache
Después de abandonar durante algún tiempo este diario, y con él la entrañable correspondencia de mi fiel Loli Hoerhëimmer de Brandenwandenaerhöff Swift y Antúnez von Pum, me he propuesto liberarme de mi adicción a las drogas duras como el Nesquik líquido, los panchitos de diseño, la horchata de ángel, la Hacen-Cola intravenosa o los habanos de pachulí antártico, que me convirtieron en un ser atormentado por mostruosas visiones kilikiformes, que hacían de mi un guiñapo tetraédrico con propensión a implosionar sobre los tejados de las estaciones de metro, a errar sin rumbo de Divertilandia en Divertilandia, y a aullar poemas apócrifos de San Agustín de Miura mientras yacía tumbado, a pleno sol, sobre la arena de las playas de Saint-Tropez en agosto.
Has de saber, mi querido y único lector, que los seres nobles como yo, a diferencia de los mortales como vosotros, somos eternos, incorruptibles, jueces y demiurgos de todo cuanto os rodea, pero sólo lo somos cada 29 de febrero -si es domingo- de 13:00 a 15:45. Entretanto, estamos condenados a una vida mortal e imperfecta.
No obstante... te perdono, mi fiel lector, por haber desesperado sin mi consentimiento durante todo este tiempo
Querido barón de Torlache, apreciado maestro y guía:
Me dispongo a contarle el más emocionante de mis relatos...
Interrumpimos la emisión de "Los Pilares del Viento" para comunicarles una noticia de última hora. Fuentes cercanas al Monte Doldrum han sido testigos de lo que parece ser un ataque de extraños bocetos del cilicio interior. Desde los ardores de la superficie, se han podido dentifricar seres de suposición atrozmente acartonada, incapaces de escenificar el delirio de las hojas que -a veces bliblioficando, a veces colilocas- vinieron con la proa castamente hurgonada. Desde los amaneceres hueviles han sido disparadas varias ráfagas de perezas escarchadas, dirigidas contra miríadas de farias cajas de cerillas que han sido calcinadas hasta la locura. Han sido pocos los supervivientes que han podido jugar a tocar a cúpula quebrada, tal vez menos de los que quedaron arrancando grutas de sobre. En una destartalada carrera, hemos podido embravuconar a algunos de ellos a grito caído. He aquí una entrevista a uno:
Jacques Traconte-de-la-Faux-Trompetouille-et-Cul-de-Sac lleva el Financial Times bajo el brazo, mientras su mirada, un tanto deslavazada y ajena al madrugar diario, refleja una copa de exquisito jerez importado de las minas visijudaicas de la Amazonia Galaica. Avanza lentamente, a golpe de pijama, por el pasillo hasta el porche de estilo rococombolesco donde, tras quitarse con suavidad el batín, nos deslumbra con un níveo traje de indiano. Empieza la entrevista, comemos pistachos y bebemos licor de mandrágora fosilizada al vapor. Termina la entrevista.
Superviviente tomando el sol en el Monte Doldrum al comenzar el ataque invasor
Hasta aquí el escalofriante testimonio de uno de los supervivientes más freáticos de la catástrofe. Como hemos podido comprobar, su imagen refleja el horror del caos provocado por la invasión.
...Así que, en aquel viaje junto a aquella extraña tribu, querido Barón de Torlache, viví la experiencia plena, la totalidad física y espiritual del ser humano, que me dió a conocer la verdad absoluta. Este fue mi mejor viaje. Espero que ninguna catástrofe, como una invasión alienígena, por ejemplo, haya interrumpido el curso de mis relatos.
Un pellizco en el yeyuno
Loli
Querido Barón de Torlache, maestro, luz de luces:
El otro día encontré al pilluelo que había estado robando las cartas de su buzón. Pensé que se trataba de un pobre golfillo harapiento que se dedicaba a importunar a los ciudadadnos de pro, como usted y yo, pidiendo limosna con una pamela agujereada y unos zapatones que le dejaban los dedos al aire -nunca entenderé estas modas modernas.
No fue así: curiosamente se trataba del mismo sinvergüenza que robaba mi correspondencia. Como reprimenda, con mi bastón le di un simpático golpecillo que le rompió las piernas -ya no quedan hombres. Dijo llamarse Cartero, pero no conozco a ninguna familia con tal nomenclatura; como no soltaba las cartas tuve que llamar a las autoridades para que lo redujeran. Créame querido colega: va siendo hora de que volvamos a atar mensajes a las patas de nuestras gallinas corredoras cuando queramos comunicarnos.
He sabido que ha intentado usted emular mis andanzas: atravesando escarpados valles y profundos cerros olvidados de mi mano, nadando entre oceanos de bananas rocosas, enfretándose a gigantes de una sola cabeza, buscando víveres en el Asador Donostiarra, esperando el autobús que recorre el pequeño desierto del Sahara y que sólo pasa dos veces cada hora (inadmisible, no puede pasar con tan poca frecuencia.)
Tales hazañas merecen que le dedique una estatua, pero no hay monumento que pueda reproducir su belleza en toda su plenitud, y ello no haría más que afear la entrada de mi humilde castillo bávaro reconvertido en museo modernista, mis islas privadas o mis 200 kilómetros de selva virgen. Por eso colocaré sobre un pedestal mi propia efigie: mi propia efigie por cada hectárea de mi propiedad, sólo para honrarle y venerarle.
Ahora querido amigo, repose y disfrute de los misterios del reticulitifus galinémico y de esa divertida especie de triquinosis humana que contrajo en su periplo. (No sabe cuánto le envidio.)
Muxos besitos xa mi currichuchu güimichi
Loli
Querido barón de Torlache, compañero, maestro.
Las desenvainadas tierras de Estratomusgo casi marcaron el comienzo de nuestro viaje. Habitada por una curiosa tribu de goláfrenos que trabajaban como esbirros de un cruel sátrapa, la isla, cuando no reverberaba intríngulis que auspiciaban un repiqueteo de líquenes medio amanecidos, despertaba a chorros la extrañeza de lo voraz, o la hoja de luna que suma y sigue a hombros desnarigados. Allí, a veces más que de nuevo, descubrí cómo las tachuelas, embebidas de desarraigo y vermut, emprendían una reflexión de vuelo corto mientras hacían gemir un yugo caído en sombra que, con el tiempo, había estibado el anaquel de un siglo polar.
...un cruel sátrapa...
Como movidos por cirrocúmulo de macizo metal, vimos como los goláfrenos, hartos de la estrechez de los terrones de azúcar, decidieron rotar el brillo del amo y ahumaron una impresión de holgura. Y fueron libres y feroces, pentagónicos y orejudos, fantasmales y entrastados, corriendo como liendres por el monte. Ahora, muchos años después de aquel viaje pienso: "Jureles, qué ricos en un panal de guato"
Tal vez considere, querido doctor y alférez, que mi viaje por Estratomusgo fue solo una realidad entreverada de sopa y campana, una gota de chocolate en la punta de la nariz o un tractor despeinado. Pero por la babeante luz que me pica entre retruécanos, juro que fuí arconado de Estratomusgo.
Con mucho estratoafecto.
Un corte en el dedo meñique.
Loli
Apreciado Barón de Torlache, amigo, maestro:
Han pasado diez años desde que abandoné nuestra pequeña sociedad con el propósito de viajar y dedicarme a empresas más arriesgadas en los confines del planeta. Tengo que confesarle que durante este tiempo he habitado parajes recónditos que la mente humana ha desterrado durante años al campo de la mitología y los cuentos (que en absoluto me atrevería a calificar de infantiles)
Mi propósito es, querido colega, demostrar que he logrado descubrir lugares que, por desgracia o por fortuna, y pese a que la ciencia-ficción se niegue a creerlo, existen.
Evitaré hablar de todos aquellos pormenores usuales a la hora de emprender un viaje. ¿A quién le interesa saber cómo prepararon mis compañeros las maletas, o cuál fue el primer vehículo que tomamos al comienzo de la expedición?
Grémidos, teledefúnkikos, boitiflanos, carapechugos, loitenitas, naifeos, espunfeos, y los sanguinarios forkarios... son sólo algunos de los nombres de las extraordinarias tribus que he encontrado en las cuatro esquinas del cubo terráqueo.
Sanguinarios Forkarios Grrrrrrr.
Fotografía que tomé cuando estaba siendo atacado por estos horribles seres, muy parecidos a pequeños cerditos-hucha con plumas. En la imagen se puede apreciar cómo subidos a un plátano apoyado en una ramita de acebo, me insultan mortalmente y ofenden irreversiblemente a los miembros de la expedición. Por fortuna, algunos pudimos salir ilesos.
Como comprenderá, son tantas las cosas que me han sucedido que me es imposible contárselo todo en una sola carta, pero le prometo que recibirá noticias mías en cuanto mi salud eche a andar de nuevo.
Un besito
Loli
Un bandido descastado, un morro de morsa patizamba, un comegalletas podridas, un pollino malo, tonto y feo, se ha llevado mi cucurucho. Estaba vacío, como a mi me gustaba. Por su culpa he pasado todo el día errando, meditabundo, cariacontecido, desmelenado, despechugado y lloroso a la orilla de la playa (en realidad era un vertedero). Al verme tan taciturno, mis amigos..., bueno, mi amigo (en realidad es un medio conocido), me ha ofrecido su megacucurucho de vainilla con pasas al ron (en realidad se lo he mangado), pero no me ha sabido a nada, solo a vainilla con pasa al ron, pero nada más, a veces, cuando miro las estrellas, veo en ellas a mi cucurucho vacío: vacío, sí, pero era mi cucurucho y ya ningún molde, por perfecto que sea, me lo podrá devolver, quizás un día reciba una carta de rescate acompañada de una puntita de galleta. ¿Dios, por qué a mí? ¿Dónde estás cucurucho?
Ahora por fin mi vida tiene un sentido: el del ridículo (aunque menos cada vez). Voy a perseguir hasta los confines del mundo a ese bribón hijo de una mofeta desnutrida, a esa rata vil y borracha que apesta a torrezno envenenado, a ese culo de mono caracochambre al cubo. Esta búsqueda no es solo mía, la hago por todos aquellos cucuruchos que alguna vez se han sentido humillados, aplastados, desmigados, lamidos, violados, amputados, pintados, vituperados, caídos en un charco; por aquellos papás y mamás-cucuruchos que llevan a sus retoños a escuelas de vainilla, fresa y chocolate, para que sean helados de pro. Por los Frigopinreles, los Cola-yes, e incluso por los Flases. Vuestro nombre no volverá a quedar mancillado (sólo el del Cacalipo, que de lejos parecía un moquete saliendo de una madriguera)
¡¡¡Pongamos en alerta todos nuestros sentidos para enfretarnos al maléfico y poderoso poder del Villano de los Cucuruchos!!!
Paseaba abotargada por el borde de un cuenco de maíz, no sabía cuántas horas habían transcurrido desde que el doctor Rotcod que siempre comía bacalao inglés pasado, me dijera que mi felicidad era incurable y que no había remedio eficaz contra ella. Subí de dos en dos las escaleras de caracol, como una colegiala, buscando la salida y, como no la encontré, me marché por la entrada. Rotcod, que siempre comía bacalao inglés pasado, era un buen médico y un inigualable caligrafista, así que empecé su tratamiento.
· Circule siempre dentro de los núcleos urbanos en horas punta, nunca cuando la calle esté despejada.
De dos a tres horas
· Cambie de trabajo a menudo, a ser posible procure aceptar aquellos empleos con jornadas laborales intensas y mal pagadas, buen ejercicio para acentuar la inseguridad, la desconfianza y el miedo.
Una vez al mes como mínimo.
· Dígale a su pareja que... no le diga nada: háblele poco, usando siempre el imperativo y con enfado, grite cuanto pueda y consiga a su vez que le grite. Muéstrese incoherente en sus razonamientos, mejor aun, no razone.
24 horas
· Si no la tiene, deje de salir de casa, evite contactar con cualquier persona del sexo opuesto que pueda resultarle agradable, especialmente si esa persona está soltera.
24 horas
· Reúnase con todos aquellos familiares con los que ha perdido contacto y trate de crear un ambiente incómodo. Ellos no se lo agradecerán, usted tampoco.
Al menos una vez por semana
· Vista como si tuviera veinte años más, y frecuente aquellos lugares a los que a menudo acude la gente de su edad. Sentirse desubicado crea una confusión que a vd. le conviene.
Dos veces al día
· Preséntese a aquellos acontecimientos que le desagraden y a los que sólo asistiría por compromiso: conciertos de cámara, espectáculos de ballet, bodas ostentosas de gente sencillamente pomposa, funciones de fin de curso de colegio, bautizos, comuniones, entierros, entrevistas de trabajo.
Tres veces por semana
· Invite a su cuñado, o en su defecto a un primo lejano a casa, para que le ponga al corriente de cualquier cosa que ha usted no le interese lo más mínimo.
Una vez a la semana
· Participe en política, pero no se afilie a un partido afín a su ideología y su idiosincrasia
(haga de ello su vida)
· Duerma poco, lo suficiente como para no tener sueños.
3 o 4 horas máximo
· Múdese a un vecindario donde la mayoría de los vecinos no sintonicen con sus estilo de vida ni sus gustos y finja integrarse, ellos se lo agradecerán, usted no.
· Si al fin de este tratamiento sigue con los mismos síntomas de euforia, venga a verme otra vez para pasar a otro tratamiento mejor.
Empecé a pensar, si es que en algún momento lo había dejado, y volví a casa del doctor, como esta vez no encontré la entrada, entré por la salida.
“Así no se trata a los pacientes:
No puedo circular en hora punta porque soy feliz insultando a los conductores y a los peatones; no hablo con mi pareja porque no le gusta mi voz ni su voz me gusta a mí, por eso nos llevamos tan bien, y si nos gritamos es porque somos un poco sordos y nos podemos entender así; todos mis familiares son estupendos sean lejanos o no; visto siempre como si tuviera 20 años más y a la gente ya no le importa porque le parece divertido y si para ellos lo es, para mí también; aburrirme es una experiencia maravillosa para mí, porque forma el carácter y eso me hace feliz; todo lo que me cuentan mis cuñados me encanta; la política me chifla, me da igual el partido mientras me den responsabilidades y concejalías; duermo poco para poder disfrutar de todo aquello que me ofrece la noche; los vecinos me miran por encima del hombro, pero es normal, yo soy muy pequeña, vivo en un cucurucho de helado, por eso no me enfado”.

... que siempre comía bacalao pasado...
El doctor Rotcod, que siempre comía bacalao inglés pasado, me miró con ojos de pescado, abrió la ventana y dijo, ¡Mire que día tan espléndido, desde aquí se ve la playa, corra, aproveche que hoy no ha ido a trabajar para ir a la playa. De camino, no olvide parase en aquella frutería, el dependiente es muy simpático, es extrovertido, y muy guapo: dígale que va de mi parte y le invitará a cenar.
Cuando llegué a la frutería, encontré a un muchaco simpático y decidido, era tan simpático y decidido que resolví pensar que no era para mí; la playa estaba angustiosamente vacía, como habitada por fantasmas, aunque hacía un sol de miedo, un sol que quemaba tanto que me provocó quemaduras de tercer grado y tuvieron que llevarme al hospital. Además me había quedado casi ciega, y fui poco a poco desarrollando una fotofobia espantosa.
La tercera vez que fui a ver al Doctor Rotcod ya no comía bacalao inglés pasado: “Le tocó la lotería”, me dijo el enfermero, “y en cuanto pudo acabar de pagar sus deudas, y dedicarse a viajar y a vivir con su esposa, la vida le pareció tan vacía que acabó arrojándose a la vía del tren, con tan mala pata que se cayó en una vía muerta y murió de frío y de aburrimiento.”
Ahora voy silbando
por los bordes de los cuencos de maíz,
a oscuras y con sombrero,
y para mi desespero
sigo siendo feliz
Adaptación del fragmento de la novela “Ventanas Mágicas” de Sir Johannes Thorp Sainte-Saïlle Ed. Níove
Millones de años de evolución han quedado a nuestras espaldas, cientos de genes han ido combinándose de forma retrofacsímil y burbúpeta para configurar seres cilimíndricos, garagémicos y fronsédeos, sin embargo, para vivir en un cucurucho de helado sólo es necesario reunir una serie de condiciones que se dan
en determinadas alineaciones de planetas de sonrisa zoroástrica.

1- Ser humano (no es estrictamente necesario, conozco otros tipos de entes que viven felices en los cucuruchos, por ejemplo, pelusas electrónicas, huevos butanoformes, periquitos alcohólicos, etc.)
2- Ser pequeño (o en su defecto disponer de un cono gigante, aunque no es recomendable porque, al ser tu nuevo hogar la envidia de tus todos tus amigos, querrán quedarse a vivir contigo, y es posible que se pierdan en un espacio tan amplio y nunca más los vuelvas a ver, y todo se vuelve tan triste y tan gris...)
3- Ser muy pequeño (es una ventaja porque si te pisan cuentas con el efecto garrapata, ¿nunca has pisado una?, ¿y a qué esperas, criatura? Es un pasatiempo divertidísimo. Yo ya me estoy entrenando para el próximo Mundial de Pisoteo de Garrapatas que se celebrará en las Estepas Valnedorianas)
4- Tener un cucurucho de helado sin helado (también conocido como "la galleta" o "cuidado, que te chorrea"; en su defecto, te acosejo que adquieras un polo de hielo o un flash y prácticar una incisión cuyas medidas dependerán del volumen total de tu cuerpo. Es posible que al vivir en un polo de hielo sufras ligeras hipotermias, una ligera muerte súbita o que debas mudarte cada media hora, aunque si decides vivir dentro del polo que vive dentro del congelador, resolverás el problema de la mudanza)
5- Agua (potable, volcánica o fecal, a gusto del consumidor; si es para beber, es mejor que no uses aguas fecales ni volcánicas porque, aunque por su aspecto pueden parecer divertidas, dentro esconden seres maléficos llenos de odio y rencor hacia tu organismo)
Si todo esto te parece absurdo, te recomiendo que leas las verdaderas cualidades que necesitas para vivir en un cucurucho como el mío:
Una bombilla desnutrida que destile una luz frita, una semana orejuda de astrolabio, el cantar de un átomo bífido, una pesadez que tirita, un segundo en pez bemol, la extrañeza fenicia que se respira en las boleras, circuncisiones cósmicas sin sal, algas desnalgadas, sobrecaparras, espingüetores y sobre todo imaginación a granel.
Si eres capaz de reunir todo eso y más, ya puedes vivir en los cucuruchos -o en un manicomio para sobrecaparras y espingüetores.